Educar en derechos humanos para una ciudadanía democrática


I. Consenso universal
(Primera de tres entregas)

Formar para el ejercicio ciudadano en las sociedades democráticas contemporáneas tiene un eje vertebrador, que lo define: el reconocimiento y práctica de los derechos humanos. Porque, en las precisas palabras de Hanna Arendt, la ciudadanía es “el derecho a tener derechos”. De aquí que la disciplina escolar de la educación democrática, cívica, ciudadana, ético-política o cualquier otro nombre que le asignen los sistemas formales implica, necesariamente, educar en derechos humanos.  


La noción de derechos humanos es bastante  nueva en la historia, mucho más que las de democracia o ciudadanía. Si bien se pueden rastrear antecedentes hasta la Baja Edad Media –la Carta Magna inglesa de 1215—, el concepto acabado tiene apenas dos tercios de siglo de vida. 

En 2014 se cumplen  66 años desde que los países del mundo agrupados en la joven Organización de las Naciones Unidas alcanzaron un consenso trascendental. Un consenso visionario, tanto por su vocación de paz (impensable poco antes, cuando buena parte de ellos se enfrentaban en una guerra sangrienta) como por su impacto en promover una noción de ciudadanía universal, superadora de fronteras y diferencias entre las personas que habitamos el planeta. Fue posible a partir de invertir la mirada entonces predominante y anteponer la dignidad esencial que compartimos en virtud de nuestra condición humana por encima de nuestras muchas diferencias. Diferencias étnicas, culturales, religiosas, ideológicas, entre otras, que justificaron guerra tras guerra en el mundo hasta culminar en la cercana y feroz II Guerra Mundial.
 
Ese trascendental consenso fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la Asamblea General de la ONU el 10 de diciembre de 1948. Recogiendo lecciones del pensamiento y de luchas históricas de la humanidad, los países acordaron un conjunto de principios y normas básicas que entendieron como imperativos derivados de la dignidad humana y como pautas de interrelación a fin de avanzar hacia la convivencia pacífica, igualitaria, justa y solidaria entre los hombres y mujeres del mundo: los derechos humanos. Los definieron como  “el ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse” y señalaron que el camino para alcanzarlos era “la enseñanza y la educación”. 

Allí nació la educación en derechos humanos, que ha venido ganando fuerza a lo largo y ancho del planeta. Esta es la única propuesta educativa en la historia surgida de un acuerdo internacional unánime, convenido por las naciones del mundo a través de sus representantes gubernamentales y consultado de previo con organizaciones civiles representativas. 

Este acuerdo le da a la educación en derechos su base filosófica y define sus metas de transformación social y personal. La obra de pedagogos y políticos vino después, para dotar al acuerdo originario de un cuerpo teórico riguroso, estrategias pedagógicas congruentes y políticas que lo concreticen. Pero el germen de esta poderosa corriente educativa está en un mandato inédito, un mandato internacional que respondió a un diagnóstico de los tiempos y a una apuesta colectiva por el futuro de la especie humana.

 


ANA MÁRÍA RODINO
Consultora Senior en Educación en DDHH, Paz y Ciudadanía
San José – Costa Rica