Educar en derechos humanos para una ciudadanía democrática


II.  Metas
(Segunda de tres entregas)

La gran meta de la educación en derechos humanos es construir sociedades donde no se atropelle la dignidad humana; sino por el contrario se la respete, proteja y promueva activamente a fin de habilitar a todas las personas a ser, utilizando el concepto de Amartya Sen, agentes de su propia vida. No podemos conformarnos con que los abusos de poder se denuncien y castiguen después que ocurrieron, causando profundos sufrimientos y dolor en individuos y comunidades enteras. Hay que procurar evitarlos, para lo cual es necesario que cada persona conozca sus derechos —o sea, se reconozca como un sujeto de derechos— y sepa defenderlos; tanto como es necesario que reconozca y sepa defender esos mismos derechos para los demás. De esta manera, la educación en derechos humanos se vuelve una herramienta concreta de prevención de violaciones de derechos.

A la vez, la educación en derechos se propone formar a las personas para juzgar críticamente su realidad social y su propia conducta con los parámetros éticos de los derechos humanos, así como para comprometerse a participar activamente en modificar todo lo que, en uno u otro ámbito, impida la realización efectiva de los derechos humanos para todos.  Desde esta perspectiva, es un motor de transformaciones individuales y  sociales.

No estamos frente a una simple expresión de buenos deseos. La educación en derechos también es un derecho, que está consagrado en los instrumentos internacionales y, por lo tanto, tiene como contrapartida la obligación de los Estados de hacerlo realidad. Por una razón muy simple: los derechos humanos y los principios democráticos sólo pueden ejercerse y protegerse si se conocen. Y si los conocen y los practican todas las personas sin excepciones, no solamente grupos esclarecidos de gobernantes, intelectuales o activistas.

Al educar en derechos humanos se busca formar a la vez en una visión del mundo y para prácticas concretas en el mundo –prácticas de relación, de colaboración y de gestión colectiva— entre sujetos que se reconocen iguales en dignidad y derechos y que actúan de manera autónoma, crítica y responsable, guiados por principios éticos. Por eso a veces se la denomina utilizando ambas preposiciones –en y para los derechos humanos—con el propósito de destacar su doble sentido de filosofía y de código de acción. 

Metas tan integrales exigen un abordaje complejo. Por eso, el trabajo de educación en derechos –ya sea en ámbitos formales o no formales; escolares, universitarios o especializados— tiene que avanzar al mismo tiempo en tres líneas complementarias: la enseñanza-aprendizaje de conocimientos específicos sobre derechos humanos y democracia; de valores y actitudes coherentes con la perspectiva de derechos, y de competencias para la acción en defensa de los derechos. Los tres componentes son importantes y necesarios por igual. Como los pies de un trípode, sólo juntos pueden sostener prácticas de conducta personal ética, crítica y políticamente transformadora. 

Ampliaré estas ideas en la próxima columna. 


ANA MÁRÍA RODINO
Consultora Senior en Educación en DDHH, Paz y Ciudadanía
San José – Costa Rica